La tristeza es una emoción natural, como la alegría o el enfado. Los síntomas más frecuentes son:

A nivel emocional: abatimiento, tristeza, llanto incontrolable, aburrimiento, pérdida de interés, pérdida de la capacidad para experimentar placer, irritabilidad o cólera ante cosas sin importancia...

A nivel fisiológico: se da un desequilibrio en la regulación de sistemas produciendo aumento o disminución de apetito, desinterés sexual, insomnio o hipersomnia, despertares nocturnos, cefaleas, problemas gástricos...

A nivel motor o conductual: disminución de la actividad, aislamiento, falta de iniciativa, quejas constantes, pasividad, posibles intentos de suicidio...

A nivel cognitivo: déficit intelectuales, disminución de la capacidad para concentrarse, resolver problemas o tomar decisiones, olvidos frecuentes, de pensamientos negativos en torno a uno mismo (culpabilidad, autorreproches, baja autoestima), en torno al futuro (predicciones negativas, desesperanza,... ) y sobre el mundo, etc.

Al igual que sucede con la ansiedad no todo el mundo tiene los mismos síntomas ni es necesario padecerlos todos, sino que generalmente cada individuo tiene su propia forma típica de responder, así por ejemplo hay personas a las que se les quita el apetito y que otras comen mucho más, unos están abatidos mientras otros están más irritables.

Todas estas manifestaciones son normales sin embargo cuando se experimentan con demasiada frecuencia, intensidad o se mantiene durante un largo periodo de tiempo puede llegar a convertirse en patológica dificultando el desarrollo normal de la vida de la persona. En este momento hablaríamos de un trastorno del estado de ánimo.

No obstante hoy día es posible superar estas dificultades y sufrimientos ya que contamos con diferentes técnicas de intervención para ello.